Narcisismo, apego evitativo, inmadurez emocional. Estoy segura de que todo el mundo ha oído estos términos al menos una vez, especialmente si está atravesando una ruptura dolorosa.
Cuando sufrimos en una relación, tendemos a buscar en la otra persona al responsable de nuestro dolor. Y así empezamos a buscar información para comprender su comportamiento.
¿Por qué me contestó de aquella manera? ¿Por qué me ignoró después de haberme prometido el cielo? ¿Por qué me borró de su vida de un día para otro, sin ninguna razón aparente?
Y es precisamente en esas respuestas donde empezamos a reconocerlo: me ha manipulado, así que es un narcisista. Ha desaparecido sin dar explicaciones, así que tiene un apego evitativo. Me ha bloqueado, así que es emocionalmente inmaduro.
La psicología nos ha ayudado mucho a comprender las dinámicas de las relaciones, y sin duda es importante reconocer a quién tenemos delante, sobre todo para protegernos de posibles comportamientos abusivos.
Pero la pregunta que me hago hoy es otra: ¿y tú, dónde te sitúas en todo esto? ¿Cuál es tu papel dentro de esta relación?
Vamos a profundizar un poco más, porque en la superficie solemos encontrar respuestas prefabricadas que sirven de poco cuando se trata de nuestra verdadera evolución personal.
He vivido muchas rupturas dolorosas. He ido acumulando, una tras otra, historias que terminaron de forma terriblemente dolorosa. Con el tiempo, me había convertido casi en una experta en relaciones disfuncionales.
Tenía una necesidad enorme de encontrar respuestas. Leí muchísimos libros y pasé horas y horas escuchando conferencias de psicólogos reconocidos. Estaba convencida de que cuanto más estudiara a este tipo de personas, mejor sabría reconocerlas y elegir la próxima vez.
Sin embargo, después de repetir una vez más el mismo patrón, me di cuenta de que, a pesar de todo lo que había aprendido, nada estaba cambiando realmente.
Es más, cada nueva decepción me rompía por dentro con una intensidad cada vez mayor.
Hasta que comprendí que estaba concentrando toda mi atención en el lugar equivocado.

Así que dejé de intentar comprender por qué aquella persona me había hecho esto o aquello y empecé, en cambio, a hacerme preguntas a mí misma.
Empecé a preguntarme cómo me hacía sentir aquella ruptura.
Qué patrones seguían repitiéndose, tanto en aquella relación como en todas las anteriores.
Qué comportamientos míos habían permitido que aquellas personas me trataran de esa manera.
Qué límites no había sabido establecer.
Y, sobre todo, qué personaje, de todos los que había construido, había entrado en juego en aquella relación.
Fue entonces cuando me di cuenta de que dentro de mí existía un río de respuestas y verdades que solo estaban esperando salir a la luz.
Comprendí que, en todas aquellas relaciones, había seguido luchando contra las personas que tenía delante, sin darme cuenta de que una parte importante de esa lucha se estaba librando dentro de mí.
Aquellas relaciones, con todo el dolor que me habían causado, me estaban mostrando partes de mí misma que, por mi cuenta, no había sido capaz de ver.
Esto no significa que yo fuera responsable de los comportamientos de los demás, ni que el daño que me habían hecho fuera culpa mía. Cada persona es responsable de sus propios actos y de las consecuencias que estos pueden tener sobre los demás.
Pero comprendí que, si de verdad quería cambiar algo, tenía que dejar de buscar todas las respuestas fuera de mí.
No podía cambiar a aquellas personas ni borrar lo que había sucedido. Sin embargo, sí podía empezar a reconocer mis patrones, comprender mis reacciones y asumir la responsabilidad de las decisiones que dependían de mí.
La verdadera lucha, la que podía llevarme a un cambio, estaba dentro de mí.
Y no solo eso.
Dentro de mí también encontré la clave para darle la vuelta a lo que, hasta entonces, había llamado «la maldición de las relaciones».
La cuestión era muy sencilla: mientras siguiera viéndome únicamente como la víctima de relaciones equivocadas, como esa mujer a la que siempre le tocaban hombres de un determinado tipo, corría el riesgo de seguir repitiendo las mismas dinámicas.
No porque fuera culpable de lo que me ocurría, sino porque, si no reconocía mi papel en aquellas dinámicas, no sabría cómo cambiarlas.

Todos hemos construido personajes para participar en el juego de la vida y de las relaciones. Los hemos creado con tanto cuidado, llenándolos de detalles, y los hemos interpretado durante tanto tiempo que hemos acabado identificándonos por completo con ellos.
La solución es sencilla.
Cambia de personaje y cambiarás las dinámicas de tu vida.
Claro, es fácil decirlo. Pero dejar morir a ese personaje, incluso cuando nos ha causado tanto sufrimiento, no es nada sencillo.
Y, sin embargo, es precisamente ahí donde puede comenzar el cambio.
Si tú también has vivido, o estás viviendo, una relación difícil o una ruptura traumática, en lugar de concentrar toda tu atención en las etiquetas que puedes ponerle a la otra persona y en sus culpas, prueba a detenerte y hacerte algunas preguntas.
¿Quién soy yo dentro de esta relación?
¿Qué me está mostrando esta experiencia sobre mí misma que no puedo, o no quiero, ver?
¿Qué cambios estoy dispuesta a hacer para dejar atrás a mi viejo personaje?
Cuando consigas volver a centrar la atención en ti, dejando de concentrarte continuamente en la otra persona, puede que empieces a experimentar una sensación de ligereza.
No porque lo que el otro haya hecho deje de tener importancia de repente, sino porque empiezas a distinguir lo que le pertenece a él de lo que te pertenece a ti.
Sus comportamientos siguen siendo su responsabilidad. Pero la manera en la que decides cuidar de ti, reconocer tus necesidades y establecer tus límites puede convertirse en una elección consciente.
Cuando aprendes a comprenderte, a aceptarte y estás dispuesta a transformar esos aspectos de ti que te llevan a repetir determinadas dinámicas, algo cambia.
La otra persona todavía puede hacerte daño, y el dolor que sientes es real. Pero ya no necesitas que cambie, que vuelva o que te dé respuestas para empezar a sentirte mejor.
Porque has comprendido que, aunque no puedes controlar lo que hacen los demás, sí puedes cambiar la manera en la que te relacionas con ellos y, sobre todo, contigo misma.
Y es precisamente esta toma de conciencia la que te permite mirar la situación con otros ojos.
Ya no necesitas encontrar una justificación para cada uno de sus comportamientos, ni esperar a que se convierta en la persona que habrías querido tener a tu lado. Por fin puedes ver la relación tal y como fue, sin confundirla con lo que esperabas que llegara a ser.
Porque las respuestas que buscas en el otro, a veces, están escondidas precisamente en esas partes de ti que todavía no te has atrevido a mirar. Y es ahí donde empieza el cambio: cuando aprendes a reconocerte y dejas de renunciar a ti misma para que te quieran.
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